10 ene. 2012

Emociones, la asignatura pendiente


«Estoy enfadada porque Estela me chincha», se queja María, de tres años, mientras coloca un ceño fruncido sobre su foto, colgada en un panel del aula junto a la de sus compañeros. María es alumna del Colegio Ramón y Cajal de Madrid, un centro que lleva siete años con un proyecto pionero sobre inteligencia emocional, la asignatura pendiente que se va abriendo hueco, poco a poco, en el sistema educativo español y que estos días retoman unos pocos miles de los millones de escolares que vuelven al cole tras las Navidades.

Y es que si hay una frase que se ha quedado totalmente obsoleta es aquella con la que estudiaron muchas generaciones del pasado siglo: la letra con sangre entra. Hoy, la neurología ha revelado que la agresividad genera más de lo mismo y que el cerebro humano, además de su parte racional, el neocórtex, tiene otra tan importante, si no más, que es la amígdala, especializada en las emociones. Allí es donde quedan almacenados, de forma inconsciente, los recuerdos de los sentimientos desde los primeros días de vida. Ese baúl se abre ante cualquier experiencia antes de que la parte cognitiva se ponga en marcha, por lo que los científicos primero, y los educadores ahora, han llegado a la conclusión de que aprender a gestionar esos sentimentos es tan importante como conocer las letras. 

Se trata de potenciar la llamada inteligencia emocional, un concepto que popularizó hace una década el psicólogo y divulgador estadounidense Daniel Goleman. Ahora se acerca a las aulas en diferentes fórmulas y ya empieza a dar sorprendentes resultados entre los niños. «Se trata de que conozcan sus emociones y las de los demás. Los críos tienen poca tolerancia a la frustración y muchos están estresados por exceso de actividades para adaptarse al horario de los padres, por divorcios o por conflictos con compañeros», señala Eva Solanas, del Centro de Psicología Infantil EOS, de Madrid.

«Ahora», continúa Solanas, «sabemos que los padres y los profesores pueden intervenir eficazmente desde que son muy pequeños para que cuando sean adultos esas emociones guardadas puedan controlarse, evitando angustias y conflictos que interfieren en la parte intelectual». 

En el Colegio San Patricio de Madrid, este curso han comenzado a dar los primeros pasos para implantar la inteligencia emocional en tres de sus centros. Su modelo es el diseñado por los padres de este concepto, los psicólogos norteamericanos Peter Salovey y John Mayer, los primeros en mencionarlo en un artículo científico en 1990. «¿Por qué hay personas que se adaptan mejor que otras a las diferentes contingencias de la vida?», se preguntaban Salovey y Mayer. Y la respuesta la encontraron en la habilidad de entender las emociones, discriminar entre ellas y usar esa información para guiar el pensamiento y las acciones. Además, ambos buscaron medidores de esa nueva nteligencia.

En San Patricio, un colegio privado de alto standing, el año pasado ya implicaron a su profesorado en procesos de coaching colectivo, el paso previo para que los docentes ejerzan de coach con sus alumnos. En cinco años quieren que sus 350 docentes hayan pasado por ellos. «En algunos casos hay resistencia, pero al final los que lo practican comprueban que su tarea es más satisfactoria porque los niños están más motivados y menos dispersos», apunta Sonsoles Castellano, su directora de política educativa.

El programa se ha dividido en cuatro bloques que traducen en diversas actividades, como las que realizan todos los días los más pequeños al llegar a clase: tienen que describir su estado de ánimo. Es un común denominador en todas las experiencias educativas de este tipo. Para reforzar su autoestima, se utilizan mensajes positivos de sus compañeros y hay una mascota de la que se ocupan rotatoriamente como parte de sus tareas escolares. Si la situación se tensa, hacen ejercicios de relajación. 

«Antes, el marco educativo estaba más claro, pero ahora es muy plural, más disperso, y es necesaria más orientación. Además, cuando los niños están motivados trabajan sin ansiedad y son más competentes», arguye Castellano.

Para probar lo que cuenta, a principios de curso hicieron un test a los alumnos y tienen previsto hacer otro al final. También enviaron un cuestionario a los padres, al que han respondido la mitad.
Solanas recuerda que esa pata familiar es básica para que estos proyectos triunfen porque los hijos imitan los modelos de los padres: «El colegio puede ayudar a que desarrollen habilidades sociales, pero lo que ven en casa tiene que ser parejo». Y la psicóloga añade que «tan importante como estudiar es jugar con amigos para aprender a interactuar».

En España, uno de los primeros centros escolares en interesarse por un programa el que las emociones se mezclaran con las cuentas y dictados fue la ikastola Lauaxeta, de Amorebieta (Vizcaya), que allá por 1996 abrió la brecha. «Entendimos que para un desarrollo personal de los alumnos teníamos que enseñar a expresar las emociones y regular los miedos, porque sin estabilidad emocional sufrirán y no tendrán éxito ni en el aprendizaje ni en la vida. Aquí les enseñamos a trabajar en equipo, a controlar la ira y la incertidumbre», explica su directora, Teresa Ojanguren.

En Lauaxeta, una cooperativa de padres que tiene el premio educativo europeo más prestigioso (el Excellence Award Winner), esta compleja asignatura comienza a impartirse a los dos años y acaba con la selectividad, que aprueban el 100% de sus alumnos (el 60% con una media superior a siete). 

Desde los dos años comienzan a identificar sus estados de ánimo cada día en los llamados círculos emocionales y a reciclar los negativos (conflictos, insultos, peleas) en positivos. En Primaria, funciona un buzón donde los compañeros se dejan mensajes para solucionar sus conflictos y una vez a la semana, una comisión de alumnos hace balance de lo ocurrido en el aula. Son representantes que van rotando cada día para compartir la responsabilidad.

Ojanguren asegura que el clima, en un entorno de violencia como el que impregna la sociedad del País Vasco, ha cambiado drásticamente en el centro. «Incluso en Secundaria, la etapa más conflictiva, se nota la tranquilidad. Hasta ha bajado el costo de mantenimiento porque hay menos pintadas y mesas rotas. Y si alguien rompe las reglas, tiene un rincón de reflexión fuera del aula para reconducir la situación con apoyo de un profesor», apunta. 

Cada tres meses, las familias reciben información de las áreas emocionales que debe trabajar con sus hijos. «Esa evaluación, a lo largo de 16 años, tiene que ser clara. Al final, no tenemos alumnos más inteligentes, pero sí sacan mejores notas porque tienen mayor madurez. Por ello, cada vez son más los colegios que se comprometen con la educación emocional. No queda otra».

Sus resultados académicos confirman lo que Goleman señalaba en junio en la Universidad Europea de Madrid: «El cociente intelectual sólo predice entre el 4 y el 10% del éxito profesional; el resto depende de variables como la familia, el azar y la inteligencia emocional».

La propuesta de este experto es la que se ha adoptado en los colegios San Estanislao Koska (SEK). El SEK acudió a la Fundación Eduardo Punset, que tiene un equipo de Aprendizaje Social y Emocional (ASE), para que les apoyaran en su puesta en marcha. El ASE lo forman psicólogos, primatólogos, sociólogos y antropólogos. Siguen el programa CASEL de Linda Lantieri, la colaboradora de Goleman, avalado por 400 escuelas de Estados Unidos. 

Carmen Lueiro, que dirige el equipo ASE, tiene claras las razones por las que una sociedad con recursos, incluso sofisticada, peca de un elevado fracaso escolar: «Los cambios son muy rápidos y presionan al sistema educativo. Hoy, el trabajo de ambos padres resta tiempo al desarrollo afectivo y surgen problemas de hiperactividad, inseguridad y concentración. Aún así, se exigen buenas notas y los niños colapsan. Por ello es necesario trabajar otras capacidades sociales, artísticas, físicas, emocionales».

Fue en 2010 cuando el SEK inició su programa emocional en cuatro de sus seis centros. El plan es parejo a una investigación en el Laboratorio ASE, dentro de la Universidad Camilo José Cela, que evalúa sus resultados y los compara con los de los dos colegios que han quedado fuera. «Comenzamos en Primaria, desde 3º a 6º, y ya hemos notado mejoras en la concentración de los chavales y en el respeto a los compañeros», señala Nieves Segovia, presidenta del SEK.

Las herramientas en las clases son similares a las de otros colegios: hay un Rincón de la paz para reflexionar, técnicas de relajación, dramatizaciones de conflictos y modelos de escucha activa. Segovia cree que ha llegado el momento de que padres y docentes «cambien el paradigma y entiendan que el éxito no se mide como en el pasado; las empresas no sólo miran el expediente, sino la empatía y la capacidad de trabajar en equipo». 

Todos coinciden en que la inversión, que no es poca en tiempo y recursos, compensa. Hasta Finlandia se fueron, hace ya siete años, los responsables del Colegio Ramón y Cajal (Madrid) en busca de su modelo. El refuerzo positivo, cambiar de actividad cada 15 minutos para no perder concentración («hay que oxigenar el cuerpo y el cerebro», explican ) y hacer clases prácticas, dejando el estudio para casa, son algunos de sus ejes educativos.

«Entendimos que los niños que llegaban eran de otra generación y que, si no queríamos perdernos, debíamos adaptarnos. En Finlandia encontramos un método inductivo que permite que el alumno siempre tenga conectadas las neuronas», recuerda Paloma Sanz, directora de proyectos en el Ramón y Cajal.

Como señalaba Eduardo Punset en una entrevista reciente con El Mundo: «El día en que todos tengamos inteligencia emocional, la vida será más fácil». Que así sea.

Fuente: El Mundo






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