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12 mar 2012

Potencial educativo de los videojuegos


Pocos profesionales de la enseñanza cuestionan el valor educativo los laboratorios virtuales, planetarios o emuladores de circuitos y redes. Tampoco parecen concitar demasiados recelos algunos simuladores instrumentales, diseñados para explorar el comportamiento de determinadas máquinas o procesos industriales complejos. Cada vez más docentes del ámbito científico y tecnológico emplean de manera habitual estas herramientas TIC con sus alumnos y obtienen resultados excelentes.

Sin embargo, el panorama cambia de manera notable cuando se trata evaluar el potencial didáctico de los llamados simuladores sociales: Desde la Historia y las Humanidades, rápidamente surgirán voces críticas insistiendo en la falta de rigor e inadecuación de los contenidos a los programas oficiales de estudios, por no hablar de carácter sesgado y simplista de las recreaciones históricas (caso de los juegos de época, como Caesar IV o Imperium) o de la ideología subyacente en algunos simuladores situacionales y del rol (como los populares Sims 2), que transmiten (en opinión de algunos pedagogos) cuestionables valores basados en el consumismo, la competitividad o el culto al cuerpo y el dinero. Con todo, y aún aceptando algunas de estas críticas, convendrá diferenciar muy bien la procedencia de estos instrumentos de mediación didáctica desde los postulados de la Pedagogía Interactiva antes de evaluar la calidad en los contenidos de las diversas aplicaciones comerciales existentes.

La red esta plagada de definiciones de este tipo de software. En general, se acepta que las simulaciones computerizadas constituyen una variedad de juegos electrónicos con cierto equilibrio entre los componentes lúdicos, estratégicos y situacionales. Los participantes se encuentran inmersos en un mundo virtual en el que deberán adoptar un rol que les permita tomar decisiones y planificar estrategias consecuentes con la trama argumental propuesta. El elevando componente estratégico de estos simuladores, a diferencia de los programas tipo "arcade" y otros juegos de acción, permite someter a prueba un repertorio más o menos complejo de líneas de actuación, encaminadas a la consecución de un determinado objetivo. De este modo, los procesos analíticos, deliberativos y relacionales priman sobre la simple acción compulsiva y mecánica (propia de los juegos de "gatillo fácil") ofreciendo un adecuado escenario para el aprendizaje significativo.

Por otro lado, a menudo es fácil confundir los programas de simulación social con otro tipo de videojuegos, en nuestra opinión, menos apropiados para la actividad docente.

Artículo completo: Recursos Tic

8 feb 2012

Educar en el uso de Internet en los colegios


El 80% de los docentes pide que se eduque en el uso de Internet en los colegios.

Un estudio realizado a nivel mundial por Norton Online Family ofrece datos sobre cómo utilizan Internet los adolescentes. El informe analiza la situación de los jóvenes ante los riesgos de la era digital e identifica los problemas a los que deben hacer frente.

Entre ellos, destaca la Ciberhumillación o ciberbaiting, un fenómeno reciente en el que los jóvenes se burlan de los docentes y captan sus reacciones a través del teléfono móvil. Según los datos presentados, 1 de cada 5 profesores ha experimentado personalmente o conoce algún docente al que le ha pasado. Debido a esta nueva situación el 67% de los profesores encuestados reconoce que ser amigo de los alumnos en las redes sociales supone un riesgo y el 80% pide que los colegios eduquen en el uso seguro de Internet.

Esta opinión es respaldada por el 70% de los padres, quienes consideran fundamental controlar las actividades de sus hijos en Internet. De hecho, el estudio muestra que las familias que establecen normas para el uso de las redes, resultan de gran ayuda para que los jóvenes tengan experiencias positivas y eviten los peligros como el acoso o ciberbulling. Según parece, el 52% de los jóvenes que tienen controladas las actividades en Internet tienen alguna experiencia negativa online, mientras que este dato aumenta hasta el 82% entre los adolescentes que rompen las reglas de sus padres.

Además, el informe revela que un elevado número de jóvenes utilizan las tarjetas de crédito de sus progenitores para comprar online. En esta línea, el 30% de los padres reconocen que sus hijos han utilizado las tarjetas para comprar online sin su consentimiento.

Fuente: Educaweb 

6 feb 2012

100 películas sobre educación

 
Nadie duda de la importancia de la educación para cualquier persona. El cine no es ajeno a este hecho y por eso abundan las películas sobre profesores entregados y alumnos rebeldes, donde unos y otros descubren que "pueden hacer de sus vidas algo extraordinario".

A continuación, una lista con 100 películas ambientadas o relacionadas, de una u otra manera, con la educación y proceso de enseñanza-aprendizaje. Para alcanzar esta cifra los editores de Decine21 han abierto un poco el abanico y contemplado películas de diversos géneros: desde drama y comedia hasta policial y de terror.

1. El club de los poetas muertos
2. Diarios de la calle
3. Rebelión en las aulas
4. Mentes peligrosas
5. Profesor Holland
6. Cadena de favores
7. Música del corazón
8. Esta tierra es mía
9. Los chicos del coro
10. La versión Browning (1951)
11. La versión Browning
12. Billy Elliot (Quiero bailar)
13. Election
14. Adiós, Mr. Chips
15. Adiós, Mr. Chips (1969)
15. Ni uno menos
16. El hombre sin rostro
17. El profesor chiflado
18. Cielo de octubre
19. El rey y yo
20. Ana y el rey
21. Academia Rushmore
22. La calumnia
23. Esos tres
24. Hoy empieza todo
25. El milagro de Anna Sullivan
26. El club de los cinco
27. La lengua de las mariposas
28. Half Nelson
29. Madadayo
30. Elephant
31. Diario de un escándalo
32. Descubriendo a Forrester
33. Educando a Rita
34. El club de los emperadores
35. ¡Esto es ritmo!
36. La sonrisa de Mona Lisa
37. Lecciones inolvidables
38. Tierras de penumbra
39. 187
40. You're the One (Una historia de entonces)
41. Hijos de un dios menor
42. La soga
43. El sustituto
44. Matilda
45. Una rubia muy legal
46. Oleanna
47. El estudiante novato
48. El colegial
49. Semilla de maldad
50. Forja de hombres
51. La ciudad de los muchachos
52. The Faculty
53. Secuestrando a la señorita Tingle
54. Cero en conducta
55. Los cuatrocientos golpes
56. Ser y tener
57. Herencia del viento
58. El profe
59. El ángel azul
60. Lolita (1962)
61. Un yanqui en Oxford
62. El pequeño salvaje
63. La piel dura
64. Diario de un rebelde
65. La terrible miss Dove
66. Enséñame a querer
67. Semillas de rencor
68. Adiós, muchachos
69. Un lugar en el mundo
70. Pigmalión
71. My Fair Lady
72. Oliver Twist (1948)
73. Oliver!
74. El espíritu de la colmena
75. Un poeta entre reclutas
76. Jóvenes prodigiosos
77. Un puente hacia Terabithia
78. American History X
79. Escuela de rock
80. El camino a casa
81. Nacida ayer (1950)
82. Vidas contadas
83. Las diabólicas
84. Karate Kid
85. Ángeles sin paraíso
86. Bienvenido Mr. Marshall
87. Sonrisas y lágrimas
88. Una mente maravillosa
89. Harry Potter y la piedra filosofal, y el resto de la saga
90. Vida de un estudiante
91. If...
92. Mad Hot Ballroom
93. Historias de la radio
94. Marty
95. Había un padre
96. Los primeros amigos
97. Machuca
98. Estación Central de Brasil
99. El indomable Will Hunting
100. El rey de la colina 
 
Seguro que hay muchas más... ¿Te animas a añadir alguna?

Fuente: Educar

10 ene 2012

Un país de teleniños


A pesar de la creciente competencia de videojuegos, teléfonos inteligentes y ordenadores, la televisión sigue ocupando una parte muy sustancial del tiempo libre de los niños: más de dos horas y media al día. Rendidos a la pequeña pantalla, los menores entre 4 y 14 años son consumidores leales, aunque menos que los adultos, cuyo consumo alcanza de media cuatro horas por persona y día. Los niños tienen a su alcance un aluvión de ofertas. Con el empuje de la tecnología digital terrestre hay canales para todos los gustos y edades. Pero, ¿son adecuados todos los programas que consumen?

A menudo, y especialmente en tiempos de crisis, la televisión es la mejor (y más barata) guardería. Sobre todo para los niños españoles, que aparecen entre los que más tiempo pasan pegados a pantalla en toda Europa. Solo los italianos son aún más adictos. En ese país el público infantil dedica cada día dos horas y 46 minutos a ver la televisión, según un estudio realizado por Kids TV Report en 2011. Los españoles consumen ocho minutos menos (dos horas y 38 minutos) y se colocan por delante de británicos (dos horas y 24 minutos) y franceses (dos horas y nueve minutos).

Pese al aumento de soportes tecnológicos, con contenidos que viajan de una plataforma a otra, la televisión sigue siendo una de las pantallas favoritas de los menores. A medida que aumenta la digitalización en los hogares, los niños aprovechan las ventajas del aumento de canales para ver lo que quieren y cuando quieren. Los expertos observan que se ha producido una “polinización” cruzada entre la televisión y la web, de tal manera que los contenidos circulan de un medio a otro como si se tratara de vasos comunicantes.

Además de la TDT, que ha traído contenidos para todos los gustos, los menores tienen a su alcance múltiples canales en función de su edad. La oferta se ha segmentado hasta tales extremos que hay diales temáticos para preadolescentes, para preescolares e incluso para bebés. En todos ellos abundan los dibujos animados, el producto favorito del público menudo.

El presidente del Observatorio de Contenidos Televisivos Audiovisuales (OCTA), Valentín Gómez i Oliver, lamentaba durante la última jornada sobre Menores, pantallas y ética que los niños españoles no consuman una “dieta audiovisual” equilibrada. Y exponía que, de la misma manera que es necesario que aprendan a leer y a escribir, deben aprender a ver las imágenes. “Es necesaria una alfabetización audiovisual”, recalcaba. Una tarea que recae en la escuela y también en la familia.

“El concepto de dieta televisiva es interesante en la medida en que nos remite a una necesaria alfabetización audiovisual, algo así como la alimentación de los ciudadanos/telespectadores”, explica Víctor Marí Sáez, profesor de Comunicación y Publicidad de la Universidad de Cádiz. Autor del libro Comunicar para transformar y transformar para comunicar, observa que para que exista una buena dieta no basta con el necesario cambio de actitudes por parte de los ciudadanos-telespectadores. “Hace falta incidir, entre otras cuestiones, en las políticas de producción audiovisual implementadas por parte de los canales televisivos”. Siguiendo con la metáfora de la alimentación, afirma: “Si en nuestra ciudad solo encontramos establecimientos de fast food, difícilmente vamos a conseguir esta dieta deseable, por muy buena que sea la intención del telespectador”.

El profesor Marí Sáez percibe en el panorama televisivo español de los últimos años una importante carencia en el terreno de la producción audiovisual de espacios educativos dirigidos a la población infantil. Achaca este déficit, principalmente, a criterios de carácter economicista. “Es más barato programar como se hace actualmente que invertir en productos más creativos, más elaborados, diseñados por equipos interdisciplinares de expertos en comunicación, educación o psicología infantil. Lo habitual es encontrarse con programas contenedores, que se limitan a incluir capítulos de dibujos animados o de teleseries”. En este terreno, asegura que las iniciativas más destacadas están en Televisión Española.

Precisamente, la Defensora del Espectador de RTVE, Elena Sánchez, aprovechó el foro del observatorio para recalcar el papel de la televisión como agente socializador. De paso, amparó al medio frente a aquellos que denigran por sistema todo lo que arroja. “No hay que satanizar las pantallas pero sí estar muy alerta”, dijo.
Algo en lo que todos los expertos coinciden es en que el niño-televidente no es una prioridad para los programadores de los canales generalistas. Representan el 8,5% de su audiencia, un porcentaje demasiado pequeño para gastar energías y dinero, pero que Sánchez reivindica: “Las televisiones tienen un compromiso con la sociedad. Deben programar para los ciudadanos, no para los consumidores”.

La dieta televisiva de los menores intentó erradicar a finales de 2004 los contenidos violentos, el lenguaje soez o las imágenes con referencias sexuales. Fue a través del Código de Autorregulación que firmaron las principales cadenas y el Gobierno bajo los auspicios de la entonces vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega. Seis años después, el empeño ha sido un estrepitoso fracaso.

Aquel código aspiraba a poner coto a la telebasura en los horarios de mayor consumo infantil. Llegaba después de una oleada de protestas de las asociaciones de telespectadores. La Fiscalía de Menores no daba abasto. Una cadena recibió una decena de sanciones consecutivas por vulnerar el derecho al honor y a la intimidad del público infantil, tal y como recordaba en las sesiones del OCTA el exfiscal jefe de Menores de Madrid Félix Pantoja. “Incluso llegamos a plantear la retirada de la licencia a esa cadena. Fue algo ingenuo”.

Para los más pequeños, ha aterrizado en España Baby TV, un canal de Fox especialmente creado para bebés. Encuadrado en el holding audiovisual que abandera la estadounidense Fox, presenta contenidos pedagógicos pensados para que los padres los compartan con sus hijos al tiempo que estos aprenden. Dirigida a un público de cero a tres años, la programación ha sido revisada por especialistas en educación infantil. Se trata de una propuesta cuyo fin primordial es “brindar a los padres una herramienta didáctica que les permita interactuar con sus hijos y aprender jugando”, según Pilar Jiménez, directora general de Fox International Channels España.

El canal KidsCo va dirigido a niños de 6 a 10 años y “a sus familias”, puntualiza su consejero delegado, Paul Robinson, aunque emite una franja preescolar para un público aún más joven (de dos a cinco años) y también para sus padres o cuidadores. “Ofrecemos contenidos de calidad, seguros, para toda la familia, con mensajes educativos y sin expresión de conductas negativas o violentas”. Entre una y otra franja hay notables diferencias. “La programación preescolar está diseñada para adultos que ven la televisión con sus hijos pequeños. Es una mezcla entre programas live-action y de animación. El contenido provee un entretenimiento educativo con enseñanzas en áreas como colores y formas, números sencillos, letras del alfabeto y adquisición de hábitos de conducta correctos”, comenta Robinson.

En el caso de KidsCo, una psicóloga infantil, la doctora Laverne Antrobus, del centro Tavistock de Londres, aconseja a los programadores sobre la manera más apropiada de comunicar con los niños. Todo para que “encuentren en la televisión modelos positivos, lo que tendrá una buena influencia en su desarrollo”, añade Paul Robinson, que enumera esos valores: calidad, educación, diversidad, conciencia medioambiental y seguridad.

En la TDT, Boing ha cumplido ya su primer año de vida. La oferta de Mediaset España está orientada al entretenimiento familiar y distribuye su programación en franjas de edades. Este curso ha lanzado el programa de producción propia Peter&Jack: The Floating School para que los niños aprendan inglés. Según los datos que maneja esta cadena, el 9,8% de los niños (de 4 a 12 años) eligen Boing entre la oferta de televisión comercial en abierto.

Dentro de la TDT, el canal más visto es Clan, la oferta infantil de la televisión pública estatal. El año pasado registró el 3,2% de la audiencia, el mismo porcentaje que en 2010. Este canal, sin embargo, es el más visto entre un sector de la población: el de las parejas con hijos pequeños. Un informe de Barlovento Comunicación precisa que en este segmento demográfico captó el 12% del público, mientras que La 1, por ejemplo, logró el 10%.

Jelly Jamm, Bananas en pijama, Baby Looney Tunes o My Little Pony son algunas de las series de Cartoonito, que se ha arriesgado a desarrollar su primera aplicación para el iPhone con el propósito de satisfacer las demandas de los “nativos digitales”. La empresa matriz, Cartoon Network, apuesta por los nuevos soportes tecnológicos con aplicaciones de realidad aumentada protagonizadas por sus personajes más emblemáticos.

Ante tan abrumadora oferta, ¿existe un control de lo que consumen los menores? Un informe del Consejo Audiovisual de Andalucía de 2008 detectaba una carencia en las familias andaluzas sobre los criterios establecidos para regular el consumo televisivo. Solo en la mitad de los hogares (49,9%) se regulaba lo que se veía. En aproximadamente un 40% de los hogares de esa comunidad el control de los padres sobre lo que sus hijos consumían no existía o era muy relajado.

“Por desgracia”, apunta el profesor Víctor Marí Sáez, “en mayor o menor medida, esta tendencia se mantiene a escala nacional”. De ahí que crea necesario poner en marcha estrategias de alfabetización audiovisual para ayudar a los padres a establecer criterios educativos para regular el consumo televisivo de sus hijos. “Un consumo que, además, se realiza en un porcentaje importante fuera de la franja horaria de protección a la infancia, a partir de las diez de la noche, cuando los contenidos que emiten las televisiones no son los más adecuados para los niños”, añade. Pero que los menores se enganchen a programas de esoterismo o vean contenidos pornográficos durante la madrugada no es siempre un problema achacable a quienes confeccionan las parrillas.

Fuente: El País

9 ene 2012

Más calle para los niños, si es posible

Los padres perciben las calles como peligrosas, cada vez juegan menos chavales en ellas sin supervisión de un adulto, cada vez es más raro que vayan al colegio solos, algo que hace unas décadas era muy frecuente. Los centros comerciales se han convertido en el refugio en el que dejan a sus hijos con tranquilidad, un universo cerrado y vigilado que parece fuera de riesgos.


En los 12 años se podría situar el momento crítico. Cada niño es distinto, pero esta edad suele marcar un punto de inflexión. Se ven mayores para compartir muchas actividades con sus padres y a estos les da miedo dejarles demasiada libertad porque todavía los ven muy críos. Es la entrada en la adolescencia, en la que creen que pueden hacer cualquier cosa tras años en los que les estaba vetado casi todo. La clave para los padres es encontrar el equilibrio, pero deberían haber empezado antes de llegar a este momento. Porque muchos de los niños de hoy están sobreprotegidos.

Los padres perciben las calles como peligrosas, cada vez juegan menos chavales en ellas sin supervisión de un adulto, cada vez es más raro que vayan al colegio solos, algo que hace unas décadas era muy frecuente. Los centros comerciales se han convertido en el refugio en el que dejan a sus hijos con tranquilidad, un universo cerrado y vigilado que parece fuera de riesgos. En parte se debe a unas ciudades hostiles, pensadas para los coches, poco amables para la infancia. Pero también a una retroalimentación. Incluso los padres que verían natural una mayor libertad para sus niños, pueden llegar a pensar que algo hacen mal cuando los hijos de los demás están tan protegidos. Les sobreviene una culpa por darles una autonomía que en ocasiones es muy recomendable, según los expertos consultados. Y entran en esta misma dinámica.

El pedagogo italiano Francesco Tonucci se ha empeñado en devolver la ciudad a los niños con su proyecto La Città dei Bambini (La Ciudad de los Niños). Aporta algunos datos que marcan sus objetivos: en Inglaterra, por ejemplo, un 90% de los que tenían entre 6 y 11 años iban solos a la escuela en los años sesenta. Este porcentaje se ha ido reduciendo paulatinamente y se queda hoy alrededor del 5%. “Hay una pérdida de autonomía casi total”, se queja. Postula que hay que revertir esta situación. “Estamos viviendo una paradoja. Cuando yo era pequeño, hace 60 años, no se sabía casi nada de los niños. Era una temporada de espera. Lo importante era cuidarlos para que llegaran a ser adultos, que era la edad importante. En esta situación se les permitían bastantes cosas. No se les llamaba derechos, pero sí que tenían permitido vivir y usar espacios que los adultos no utilizaban y gozaban del tiempo libre necesario para hacerlo. Jugaban con amigos sin un control directo. Hoy la actitud de los adultos ha sido de hacer bastantes más cosas para los niños encerrándolos en espacios dedicados a ellos que los excluyen de la vida social. Se les reservan lugares como jardines, casi siempre cerrados, con rejas, para protegerlos, con columpios y toboganes, todos iguales y siempre tienen que ir vigilados. En el momento que sabemos cuan importante es la infancia, que los primeros años son fundamentales para el resto de la vida, los estamos excluyendo; es una forma de miedo respecto a la infancia porque nos interesa que no estén en medio de las cosas de mayores”, explica.

Otra paradoja es que a más tecnología, a más capacidad de control y de cuidado, con móviles que permiten hasta tener localizados mediante GPS a los hijos, menos capacidad de movimientos se les permite. Esto se puede producir incluso entre padres que no prestan especial atención a sus críos, que no les dan el suficiente cuidado emocional y limitan su atención a controlar sus espacios.

Una de las iniciativas del proyecto de Tonucci es la de fomentar que los niños vayan solos al colegio. Se trata de concienciar a todos los residentes de una zona para que tomen partido en el trayecto. 

Que los comerciantes y vecinos estén algo pendientes al recorrido de los escolares para que puedan ir a la escuela sin acompañamiento de un adulto desde los primeros cursos de primaria. Que les dejen usar el teléfono de su establecimiento si lo necesitan.

Hay experimentos en varios colegios y todos han sido satisfactorios, según Tonucci. En la ciudad de Pesaro, en Italia, se ha puesto en marcha en una decena de centros. Suman cientos de niños que durante ocho años no han tenido ni un solo accidente. “En las mismas circunstancias, cuando iban acompañados por los padres, se registraron ocho, que no son muchos, pero son más. Algunos progenitores piensan que sus niños son tontos, que se van a tirar debajo de un coche si se descuidan. Pero ellos saben muy bien cuidarse solos si se les da la oportunidad”, asegura el pedagogo. Además, según su teoría, deben asumir riesgos para su formación como personas. Y esto lo tienen que hacer sin supervisión adulta. “Cuando estoy con mis nietos no les permito que hagan ciertas cosas porque me pongo nervioso y creo que les puede pasar algo, pero sé que tienen que experimentar. Para eso es mejor que ni yo ni sus padres estemos delante”, añade.

El nivel de uso de la calle, del barrio, también depende del poder adquisitivo, según señala Waltraud Müllauer-Seichter, antropóloga social de la Uned. “Los que tienen niveles más altos de renta suelen usar menos los espacios próximos. Es más frecuente que lleven a sus hijos a colegios lejanos y que desarrollen su ocio en lugares distintos al propio distrito”, cuenta. Muchos de ellos, según sus estudios, van creciendo con una imagen exagerada de la hostilidad en la ciudad, que es difícil de revertir. Esto, mezclado con la proliferación de los videojuegos y el crecimiento del tiempo que pasan en Internet, da lugar a unas costumbres sedentarias y de poco roce social.

Uno de los problemas que se encuentran los padres, incluso los más proclives a darle la vuelta a estas situaciones, es el rechazo social. Hace cinco años se hizo famosa Lenore Skenazy como “la peor madre de América”. Así fue calificada por algunos medios de comunicación por dejar que su hijo de nueve años fuese a la escuela solo cogiendo el metro de Nueva York. No era descuido. Fue una actitud plenamente consciente de su madre, que se rebeló contra la sobreprotección a la infancia. Llegó a escribir un libro sobre el tema (Free range kids, Niños de movimientos libres) en el que argumenta que los niveles de delincuencia de la ciudad no son mayores que en los años sesenta y que por lo tanto no hay motivos para secuestrar a los niños en sus casas. “Estadísticamente, un menor tendría que pasar 750 años en la calle para que sea raptado”, argumenta.

El filósofo José Antonio Marina, presidente de la Universidad de Padres, tiene un punto de vista algo distinto. El lema de la institución es que para educar a un niño no hace falta una familia, sino una tribu entera. Por eso, también cree muy importante integrar a las ciudades para que sean algo más amables. Sin embargo, Marina ve muy complicado revertir la situación y que las calles vuelvan a ser un lugar perfectamente seguro para los niños. Según dice, “ha habido proceso de deterioro de las urbes, en unas más rápidamente que en otras, las más grandes primero, pero con particularidades en cada caso”. “Barcelona no es lo mismo que Madrid. En la primera se han protegido mucho más los barrios. Santander, que era un sitio estupendo para que los niños jugaran, ha sufrido invasión del espacio público por los coches. Todo esto resulta agresivo para la infancia”, relata.

La solución que propone es habilitar más espacios para que puedan desarrollarse. Un ejemplo sería abrir los centros escolares durante los fines de semana a actividades no académicas. Podrían aprovecharse las pistas deportivas o las cafeterías de los colegios para celebrar fiestas o cumpleaños. “Necesitamos sitios seguros”, afirma.

Los grandes centros comerciales se han convertido para muchos padres en el lugar ideal. Marina no los ve con malos ojos. “Están hechos para que toda la familia pueda pasar una tarde, pero cada miembro dedicado a sus actividades. Esto puede tener éxito porque resuelve el problema de que los padres no saben qué hacer con los hijos a partir de una edad, porque no pueden estar constantemente vigilándolos”, resume.

Eva Marín Llimerá, directora del Centro Comercial La Vaguada, en Madrid, explica cuáles son, en su opinión, las claves de este fenómeno: “Han suplido a la calle porque son un espacio seguro con mucha más oferta concentrada. Tanto niños como adolescentes se pueden ir desde los locales de maquinitas, a comerse una hamburguesa o estar sentados en el jardín. Y en la parte infantil, los padres pueden estar tranquilos mientras los chavales se quedan en la ludoteca”.

El centro comercial era la actividad preferente de Lidia, hija de Carlos Moreno, un padre divorciado que ve cómo su hija va haciéndose adolescente. A punto de cumplir 13 años, ha hecho poca vida en la calle. En parte porque sus amigos no eran de su barrio. Es algo que también es cada vez más frecuente. Los colegios a los que acuden están lejos y los padres tienen que llevarlos a casas de amigos para jugar, cuando antes la vida estaba más concentrada en el lugar de la ciudad donde vivían. Pero Lidia se va hartando de centros comerciales. Los ve como algo demasiado infantil para ella. Hace unas semanas, le pidió a su padre ir a dar una vuelta por el centro de su ciudad, Madrid. La respuesta de Carlos fue negativa. “Si hubiese querido ir a algún lado concreto, la habría llevado sin problemas, pero me parece pequeña para que esté vagando sola por ahí”, justifica.

El salto de vivir bajo los techos de un centro comercial o de la casa de sus amigos a la calle se iba a producir en este caso de una manera brusca, sin fases intermedias. Tonucci proclama lo contrario: “La autonomía debe ser un recorrido continuo que empieza con el corte del cordón umbilical y que no puede parase nunca. Cada día debería crecer un poco más desde los primeros meses”.

Nuria Thomas, profesora y pedagoga de un instituto en Barcelona, lleva tres décadas contemplando el paso a la adolescencia de cientos de chavales. En estos años ha observado algunos fenómenos: “Los chicos no conocen la ciudad. Las familias cada vez los llevan menos a ver los lugares interesantes de donde viven y descubren los monumentos con nosotros, con las excursiones del instituto”. Con respecto a la sobreprotección, también apunta algunas paradojas: “Necesitan una autorización para cualquier cosa, incluso para una clase de educación física en el entorno del centro. También están ahora mucho más regulados el control de ausencias y retrasos. Pero es porque resulta mucho más frecuente que lleguen tarde por quedarse dormidos, por ejemplo. Y esto es culpa de los padres”, asume. En ocasiones hay una especie de esquizofrenia entre la hiperregulación y el descuido de las familias.

Porque la llegada a la adolescencia siempre es conflictiva. Hay que ir estableciendo nuevas reglas y pautas de comportamiento que, en opinión del psicopedagogo Pedro Santamaría, tienen que ser pactadas entre hijos y padres. “Hay que intentar que el menor se encuentre legitimado en su nueva autonomía, pero con línea de encuentro, unos límites”, propone. Aunque quiere dejar claro que cada caso específico es distinto de otro, pone algún ejemplo: “Lo ideal sería pactar unos horarios adecuados. Un menor de 13 años, por ejemplo, nunca debería llegar más allá de las diez de la noche a casa. Esto debería estar muy meditado, muy hablado”. Lo que argumenta es que no se puede pasar a un descontrol total en la adolescencia. Pone el ejemplo de la vida virtual de los videojuegos e Internet: “Este tipo de relación tan artificial que tiene el adolescente con la máquina tiene que ir tutorizada por un adulto”. 

Una vez más, se propone compaginar la libertad del menor para elegir con unas ciertas guías. “Debe haber mecanismos adaptativos al cambio. Tenemos que plantearnos cómo generar una conciencia en donde se puedan desarrollar conductas que ayuden a estos adolescentes a saber colocarse en una vida donde se exige cada vez más autonomía. Este es el nuevo planteamiento de la Universidad con Bolonia, que ellos sean capaces de dirigir su propia formación. Pero tiene que haber alguien que les enseñe”, concluye.

No hay receta ideal, un padre no es mejor que otro por dejar más o menos libertad, pero lo que los expertos recomiendan es tratar de buscar un equilibrio entre libertad y protección.

Fuente: El País

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